Asistís a la última corrida de toros en España. En el ruedo, la Grande de Tomares y el Niño de Blanca, se enfrentan para contar una historia: una elegía al amor que no busca gloria, sino verdad. En su lidia, cada movimiento es una pregunta. Cada silencio, una herida.
Las Toreras es un rito de reconocimiento, una elegía encarnada, una búsqueda de sentido en la contradicción, una danza entre lo que somos y lo que fingimos ser. Y al final, sobre la arena, la pregunta inevitable: ¿Eres más toro o torero?
Sigo rumiando esta opinión, tras haber visto el fin de semana pasado la obra de teatro "Las toreras", dirigida por Carlos Martín Peñasco, con dramaturgia de Carlos Martín Peñasco, Miluka Suriñach y Guillermo Carrasco, y protagonizada por estos dos últimos.
Es de esas obras en las que miráis el cartel y leéis la sinopsis, pero, en cuanto os sentáis en la butaca, pensáis: ¡qué genialidad!
No va echando capotes, ni nos cuenta cosas a medias, si no que nos mete muchas estocadas a lo largo de los mínutos.
Empieza de una forma en la que piensas: «¿Hacia qué lugares nos va a llevar?». Pero si algo he aprendido de Miluka Suriñach es a dejarme llevar por su dramaturgia, a no dar nada por sentado y, aun así, es capaz de removernos todo el suelo y darnos unas estocadas que no ves ni venir.
Ella no deja nada al azar y juega mucho con la escenografía, el vestuario y esos textos tan inteligentes y con un humor tan mordaz. En esta ocasión, en la dramaturgia está muy bien acompañada y sobre el escenario, también.
Hay una sincronía perfecta entre Miluka y Guillermo; en ciertas escenas, la frontera entre ambos desaparece. Ya sea sosteniendo un diálogo o arropándose en un monólogo, se miran a los ojos y, en un instante mágico, los roles se invierten. No sabes si Miluka dice las palabras de Guillermo o viceversa y es precioso.
Entras al ruedo y dejas los problemas en la puerta del teatro, pero cuando sales te planteas muchas preguntas; algunas que ya te rondaban la cabeza y otras que ni siquiera te habías atrevido a cuestionar. Llegué a casa y la estuve comentando a mi madre mi opinión, tal y como siempre hacemos, pero en esta ocasión no me mordí la lengua y salió disparada esa cuestión que me rondaba la cabeza tras salir del teatro.
Esta obra resultó catartica no solo para los actores que desde el segundo uno están soberbios, sino para el espectador que se ponen frente al espejo junto a ellos y es capaz de desnudarse emocionalmente en silencio, pero sintiendo como esas emociones luchan por salir.
Los silencios escénicos sirven para que el espectador solo tenga ojos para la escenografía y los actores. Ellos danzan no de un modo loco, sino al compás de la música, al tendido de esos objetos que parecen tan insignificantes, pero que son capaces de contar muchas más historias de las que pensamos.
la Grande de Tomares y el Niño de Blanca son dos "alter egos" de Guillermo y Miluka. Ellos nos hacen pensar en unas cosas y nos plantean cuestiones que dan para debates de años, pero lo que han hecho estos dos actores de unir a la Grande y el Niño junto a ellos mismos es espectacular, pues nunca sabes donde empiezan los artistas y empiezan sus alter egos.
Llega un momento en el que el espectador se siente desnudo ante tanta verdad y ante tantas confesiones.
No hay espacio para respirar. No en el sentido de que la obra va muy deprisa tocando muchos palos. En el sentido de que te sientes desarmado ante tanta verdad y el corazón te aprieta mucho sobre el pecho.
Las toreras somos todos; es una forma de expresar la valentía, de aceptar la cobardía y, a veces, de sentir esa última estocada que nos obliga a renovarnos o morir.

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