Es una fórmula más icónica que una tostada con mantequilla y mermelada: la familia disfuncional mira arriba mientras la orquesta de la banda sonora se eleva y la audiencia, como los protagonistas, siente el asombro subir desde el dedo meñique del pie hasta el pelo más corto del cuero cabelludo. En los momentos mejor ejecutados, la película que estás viendo trasciende, en los ojos de los espectadores, la categoría de simple "entretenimiento palomitero" y se convierte en un hito de la cultura popular. George Lucas, Ridley Scott, James Cameron, Coppola... estos y más tenían dominados estos trucos, pero la base de todo está, y sigue estando, en Steven Spielberg y su Amblin. La influencia mayúscula del cineasta detrás de Tiburón sigue vigente hoy en día; este mismo año se puede señalar a Proyecto Salvación como una evolución de este tipo de cine, adaptado a nuestras preocupaciones actuales. Durante varios momentos de esa cinta, llegué a pensar que era un clásico moderno, si tan solo porque es la única de su especie en los últimos años. El final de Oak Street busca revivir ese mismo fenómeno. Al menos, eso creen los productores, porque David Robert Mitchell parece estar en desacuerdo.
Hay una tensión que surge alrededor del tercer acto de Oak Street, que va mucho más allá y es incluso más agonizante que los dinosaurios que atacan a los protagonistas. La batalla es entre una deconstrucción de la fantasía suburbana americana de la Guerra Fría a través de las fórmulas de los taquillazos de los setenta y ochenta; y una aventura de una familia contra dinosaurios, que no están presentados de ninguna manera muy ingeniosa ni que se acerque al, de nuevo, asombro que hace falta para que el concepto funcione completamente. Como es evidente, una de estas dos películas funciona bastante mejor que la otra, al menos por cómo está presentada. Sin embargo, hay alrededor de 1 hora que es de lo más interesante del año. Las primeras escenas están tan bañadas en clichés y la banda sonora de Michael Giacchino es tan idílica al estilo de John Williams que es complicado no interpretarlo como una sátira. Es complicado tomarse en serio a la familia principal, incluso con los grandes que son Anne Hathaway y Ewan McGregor. Sus personajes son transparentes, y sus conflictos se resuelven de una manera tan poco satisfactoria que es inevitable pensar que es un insulto a los finales felices genéricos. Sin embargo, cuanto más se acerca esa conclusión, más se pierde el aire irónico y da la impresión de que te lo tienes que tomar en serio, como si fuera un homenaje honesto a Spielberg.
Las escenas de acción tienen algunos momentos muy buenos, y un par que son genuinamente brillantes si interpretas todo como una farsa. Es una versión de Parque Jurásico "realista", en las que los personajes se esfuerzan por encontrar la versión clásica de la película en un mundo nihilista y complicado que no se preocupa por tener sentido y cierres bonitos. Es una idea increíble, que sin embargo no está explotada al completo, y ocurre lo mismo con el espectáculo. Estos dos aspectos no tienen una relación simbiótica, sino que se dañan entre sí. Así que acabas con una película que es sorprendentemente deprimente, al ser protagonizada por una familia que no se preocupa demasiado por sus vecinos mientras se centra en la supervivencia, y que sufre pérdidas y daños irreparables en cada momento mientras intentan volver a su mundo normal. Y, para añadir sal a la herida, al final acaba todo tan feliz que tiene un aire siniestro. Te deja con mal cuerpo, y no en un buen sentido.
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