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"Euphoria": la bella, oscura, macabra fantasía de Sam Levinson


Rue (Zendaya) es una joven de 17 años que vuelve de rehabilitación sin intención de mantenerse sobria. En una fiesta antes del comienzo del curso conoce a Jules (Hunter Schafer), una chica recién llegada a la ciudad.... Euphoria es una reflexión sobre la adolescencia a través de un grupo de estudiantes de instituto que tienen que hacer frente a temas recurrentes de su edad como las drogas, el sexo, la violencia, los problemas de identidad, los traumas, las redes sociales, el amor y la amistad.  

Gael Gamarra Segovia - 02/06/2026

Cientos, miles de líneas se podrían escribir sobre cómo las redes sociales y sus estéticas han influido al cine de este milenio. Si rebuscas, las encontrarás, pues este es uno de los temas actuales más comentados. Las historias de Hollywood se están simplificando, los presupuestos de las producciones de televisión sólo crecen para asemejarse a lo que encuentras en el cine pero a la vez se cohíben para ser "entretenimiento de segunda pantalla." La primera pantalla es, por supuesto, el teléfono móvil. Además, mientras escribo estas palabras, la taquilla mundial es encabezada por dos películas de terror de directores jóvenes que vienen de YouTube y han superado a la nueva entrega de Star Wars. El cine del futuro, el cine del internet está aquí. Por eso, es más que apropiado que veamos desde la comodidad de nuestras casas el final de una serie que marca el fenómeno opuesto: la responsable de popularizar una de las estéticas más influyentes de, quizás, todo lo que ha visto este siglo en televisión. 

Euphoria, que te recuerda en todas sus secuencias de créditos fue creada, escrita y dirigida por Sam Levinson pero es una adaptación de una serie israelí homónima, es el tipo de concepto que sólo podría haber llegado a las alturas que alcanzó en el contexto de auge de streaming de 2019, justo antes del punto de no retorno que marcó 2020 en la era de la "televisión prestigiosa" puesta en marcha por Twin Peaks y Los Soprano y que actualmente vive un limbo extraño. La idea es simple; una reinvención del coming-of-age clásico a través de estéticas modernas y personajes LGTB+, elevado con un maximalismo atractivo que pretende capturar la exageración que las emociones adolescentes hacen del mundo real. Se podría llamar Skins para la generación Z, pero eso sería simplificar demasiado la magnífica primera temporada de Euphoria, un ejercicio brillante de estilo como sustancia e hito inmediato para la HBO y la televisión juvenil. Crea un mundo verosímil pero exagerado, con tintes de surrealismo que acentúa las mentalidades de los personajes, habitantes de dinámicas sociales y sexuales reconocibles para cualquier espectador tanto por convenciones de género cinematográfico como por vivencia personal. Todo esto, enfocado desde la perspectiva de las nuevas generaciones como no se hizo antes y raramente se ha hecho de nuevo. Los intentos de imitación, desde Sex Education hasta Élite, han sido incapaces de capturar a una generación entera de audiencia como esta serie. Rue Bennett, el personaje más profundo de la carrera de Zendaya a un nivel quizás insuperable, es una protagonista empática y desagradable como cualquier ser humano, especialmente una adolescente bipolar y drogadicta. Sus conflictos familiares causados por la pérdida de su padre y abuso de las pastillas son los puntos álgidos innegables de toda la serie. Por mucho que las historias y la dirección desvaríen en mil direcciones que aquí comentaré, ese núcleo emocional se ha mantenido con una consistencia sorprendente, es inamovible y conmovedor desde el primer episodio hasta el último. Llegaría a decir que las tres temporadas merecen un visionado solamente por el personaje de Rue. Su relación pseudo-romántica con Jules, la chica trans nueva en el barrio, es en este comienzo de la serie uno de sus elementos más fascinantes y dolorosos, además de ser Jules una persona hipnótica e interpretada de una manera fantástica por Hunter Schafer que sufre de ser relegada a un segundo, tercer y cuarto plano mientras más avanzan los episodios. Para la tercera temporada, ella podría no estar ahí y su presencia se siente como una obligación.

Las estéticas de Euphoria son ahora sinónimas con el lenguaje de aplicaciones como Instagram y TikTok. El maquillaje, la purpurina, las luces neón, los dolly whip que ocurren tan a menudo que puedes encontrar recopilaciones, la ropa que no permite al reparto ir al instituto con mochila, la banda sonora de Labrinth... su impacto ha sido masivo y, al ser la audiencia objetivo tan joven, todavía no hemos visto el fin de su influencia en las nuevas generaciones de cineastas. Esto ya empezará a leer hagiográfico, pero la primera temporada de esta serie es un clásico moderno, que arrasó en números de audiencia hasta convertirse en el fenómeno que es hoy en día. En 2022, tras un retraso por la pandemia, tuvo su estreno la segunda temporada, cuya premisa es simplemente más de lo mismo. Se añaden al reparto Chloe Cherry como Faye, tras aparecer en una parodia pornográfica de la serie; Martha Kelly, como la camello Laurie; y el cantante Dominic Fike como Elliot, que es, perdóneme la hipérbole, quizás el añadido más ruin que ha sufrido todo Euphoria. Es un personaje que nunca pasa más allá de sentirse como una excusa del guionista para crear drama, no llega a ser su propia persona y en todo momento empobrece la profundidad de Jules y Rue. Mientras ves la segunda temporada, prácticamente sientes a Levinson agarrar a las protagonistas y torcerlas para llevarles a los conflictos que él quiere ver. Mientras, el resto del reparto o es ignorado, o está inmerso en un triángulo amoroso -entre Cassie (Sydney Sweeney), Nate (Jacob Elordi) y Maddy (Alexa Demie)- que es apropiadamente superfluo y llorón para las edades de los personajes, pero no por ello menos insoportable de ver. Las emociones son elevadas al estilo inigualable que es de esperar, pero los eventos y las acciones no llegan al nivel de la emoción y se convierte en una subtrama sorprendentemente aburrida. Sin embargo, a pesar de dar mil vueltas, ser caprichosa, en momentos cómica sin intencionarlo y autoindulgente hasta sentir que toda la serie es un chiste que te está jugando Levinson, la segunda temporada de Euphoria incluye fácilmente el mejor episodio de toda la serie, el quinto, la explosión de la tensión acumulada hasta ese momento en forma de la intervención de la familia de Rue, que se pone a la defensiva de una manera violenta y trágicamente realista. Es un huracán de gritos, amenazas, huidas y persecuciones que pintan un retrato increíble de lo que es tener una hija, hermana o amiga en esta situación. Te mete en la mente de Rue a la vez que te enseña en vivo y en directo cómo daña a todo el que se relaciona con ella. Como demuestra este episodio; Euphoria -y todo el cine de Sam Levinson- será una serie que peca de muchas maneras, pero nunca se le puede llamar deshonesta. No pretende diluir las problemáticas que trata, algo que es simultáneamente virtud y flaqueza; ya que a menudo la serie debilita a sus personajes con tal de ser verosímil. Es realista que los personajes sean estáticos o no cambien, pero no hace buena televisión. Inclusive esto, la segunda parte de la serie borda los dos capítulos finales; un díptico divertido de la representación de la obra que Lexi (Maude Apatow) desarrolla a lo largo de toda la temporada. Su personaje y el de Fezco (Angus Cloud), el entrañable camello de Rue, son los más beneficiados de una mayor profundidad, a pesar de que su arco romántico no pudiera ser cerrado en la tercera temporada por el fallecimiento de Cloud. En general, por primera vez en la serie y como problema recurrente de aquí en adelante, Levinson tiene demasiada facilidad para olvidar a ciertos personajes que de repente no le interesan, como un niño que constantemente quiere juguetes nuevos, y los deja a un lado para contar lo que le apetece en ese momento. Por suerte, lo que le apetece contar es cautivador y emocionante, mientras todo lo que le rodea se convierte en, de nuevo, inclusiones por obligación.

La segunda temporada de Euphoria alcanzó a ser la segunda serie más vista de la historia de HBO. También fue grabada en un bellísimo formato Kodak de 35mm, apoyando una cinematografía que es aún más potente visualmente que en la primera temporada pero mucho más superflua y claramente afectada por el estatus icónico que obtuvo en los años entre temporadas. En 2023, como decisión que presuntamente enfrió la relación creativa entre Zendaya y Sam Levinson, este segundo estrenó junto a The Weeknd la infame miniserie de HBO The Idol, sobre una cantante pop (Lily-Rose Depp) que pretende llegar a la fama junto a Tedros (The Weeknd), otro cantante que es además el líder de una extraña secta. The Idol presenta todos los peores instintos creativos de Levinson y, tan solo con su existencia, pinta una imagen muy poco favorecedora de su persona. Su crítica o sátira hacia la industria del entretenimiento es vaga y vana, su erotismo es incómodamente pornográfico y -no es su culpa personal pero añade inri- la actuación de The Weeknd es pésima en todos los sentidos. Por encima de todo, lo que demostró el fracaso de The Idol es la nueva página creativa en la que está Levinson. Ya no tiene interés en drama adolescente, pero claramente HBO no va a dejar en tan solo dos temporadas uno de sus proyectos más exitosos de su historia. Añádele a esto la ya pasada polémica de plagio de la fotógrafa Petra Collins, que inspiró la estética de las dos primeras temporadas de esta gallina de los huevos de oro casi al completo sin disfrutar de ningún tipo de crédito, y acabas con la recién estrenada tercera y última temporada de Euphoria: un delirio marcado por la ansiedad actual estadounidense y un batiburrillo de influencias capturado en cinematografía impresionante de Kodak 70mm. 

Esta tercera temporada salta del drama adolescente al western, estilo Tarantino, con toques de blaxploitation que, viniendo de Levinson, son más incómodos que otra cosa. Los personajes (al menos los que vuelven), están mayoritariamente congelados en las personas que fueron en el instituto, simultáneamente una representación de lo perdida que se siente la generación actual de jóvenes adultos en los EE.UU. y síntoma del pobre guion del creador, que no parece saber desarrollar estas ideas que en un comienzo parecen interesantes. Sin embargo, es innegable que el reparto -salvo la pobre y siempre maltratada Jules- tiene finales mayoritariamente satisfactorios, es simplemente que el camino hasta esos finales se siente redundante, como si cada episodio pudiera haber tenido la mitad de duración y no se hubiera perdido una pizca de profundidad. Como siempre, brilla Rue. Zendaya ha acumulado dos premios Emmy gracias a ella, y el trabajo que hace en la tercera temporada es igual de merecedor de ese reconocimiento. Sus complicaciones al meterse de lleno en el mundo de las drogas y los proxenetas, al deberle dinero a Laurie y verse forzada a convertirse en una mula de contrabando no solo son una evolución natural de su personaje sino que aportan el mayor entretenimiento de la temporada, que en muchos momentos parece estar preocupada tan solo en qué barbaridades enseñarte para que te mantengas enganchado a la pantalla, un truco que, lamentablemente, funciona cada vez. Cassie, que se ha convertido en una modelo de OnlyFans, es además fácilmente el personaje que más polémica ha causado en la vida real, sin nada de ayuda de parte de su actriz, Sydney Sweeney, que ha pasado los últimos años inundada en acusaciones de apoyar el auge de la supremacía blanca, sin poco esfuerzo de su parte por calmar los rumores. Su mera presencia en la serie ya incomoda a muchos, y no es difícil ver el porqué. Su marido Nate, sin embargo, está sumergido hasta el cuello en patetismo y justicia kármica toda la temporada. Ha pasado de ser el malote acosador del instituto a un hombre pringado sin blanca que se ha metido en lugares donde no debería y que le superan constantemente. Lexi, que finalmente tuvo algo que hacer en la segunda temporada, es ahora una adulta juiciosa, asistente de dirección en Hollywood que sirve solo como vehículo para que Levinson, como si esto fuera una suerte de The Idol: Parte 2, pueda de nuevo dirigir su sátira poco ingeniosa sobre Hollywood. Maddy va saltando entre oficios, manipulando y mintiendo hasta con los dientes para conseguir lo quiere. Jules es una sugar baby, continuando el ciclo de manipulación masculina que es incapaz y reacia a romper y con el que, de nuevo, Levinson se encuentra perdido y no sabe qué hacer. Sin embargo, es difícil quejarse de Ali, el amigo de Rue que le apoya desde la primera temporada a dejar la droga como él hizo en su pasado. Él siempre ha sido uno de los elementos más equilibrados de la serie y su presencia da mucho peso a todas las escenas que habita. Colman Domingo le interpreta a la perfección y, en esta temporada, es dedicado un espacio de flashback al comienzo de un episodio como la serie solía hacer para todos los personajes. Antes, estas intros tenían mucha más vida y ofrecían una visión mucho más profunda del reparto; de cómo su infancia, vida social, vida romántica y vida sexual están interconectadas e influencian a todos los aspectos de su persona. Todo entre cinco y nunca más de diez minutos. Ahora, las pocas introducciones de este tipo que hay parecen fragmentos de dramas mediocres de Max con mucho presupuesto, y el de Ali es igual, a pesar de ofrecer algunos datos importantes de cara a la finale, que es donde él tiene su oportunidad real de brillar. Domingo y Zendaya son un dúo mágico, pero todo el tiempo que este primero pasa solo en el último episodio de la serie es satisfactorio y entretenido. Es casi incoherente que la serie Euphoria acabe como una épica de western, pero también sería incoherente, de mi parte, mentir y decir que no es locamente entretenido, al fin y al cabo parte del truco de magia de Levinson es casi hacerte creer que este fue su plan desde siempre. El adiós a Rue es impecable y podría estar sacado de la serie que conocimos hace unos cuatro años, y todo lo demás varía entre basurilla de serie B y el surrealismo que siempre ha tenido hogar en ella, solo que ahora mucho más sangriento y centrado en las versiones adultas de los temas que trataban las temporadas anteriores. 

Nunca pensé que Euphoria se convertiría en esto, y lo escribo a partes iguales triste, decepcionado, fascinado y muy satisfecho porque, personalmente, no habría aguantado una repetición de la segunda temporada. Solo es una pena que el creador parezca sentirse, todavía, obligado a contar historias que no le interesan en lo más mínimo y, además, es tan orgulloso que se opone a la idea de dar algo interesante que hacer a algunos de los protagonistas de la serie que está dirigiendo. Es inevitable, en los puntos bajos, sentir que Levinson solo tiene un relato que contar, que sigue a una adolescente drogadicta, mientras todo lo que hay a su alrededor siempre fue relleno. De nuevo, es un niño caprichoso que imita las estéticas de otras personas (ya sea Petra Collins, Quentin Tarantino o alguno de las decenas de cineastas negros que han creado las sensibilidades que adora) y lleva siete años y tres temporadas de televisión entre dos series sin conseguir decir algo a través de ellas. Pero, y me pateo a mí mismo mientras admito esto de nuevo, le estaría engañando como lector/a si acabara este mega artículo diciendo que no lo hace guay. Y, a veces, eso es todo lo que hace falta. Simplemente es una pena que una serie tan maravillosa como lo era Euphoria sea el cordero sacrificado. 




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