28 dic. 2018

OPINIÓN DE DESAYUNO EN JÚPITER DE ANDREA TOMÉ

Cuando Ofelia y Amoke se conocen, sus mundos parecen completamente contradictorios.
Ofelia es el caos, la apasionada por la astronomía que ha suspendido la Selectividad y que pasa su año sabático en Gales con su padre, vendiendo mermelada orgánica, y tratando de encontrar su propósito en la vida. Amoke es el orden, una solitaria y responsable estudiante de Biología que pasa todo el tiempo que no está en la universidad cuidando de su hermano y leyendo libros de Charles Darwin.
Lo único que Ofelia y Amoke tienen en común son Virginia Wonnacott (una excéntrica y ermitaña novelista de noventa años), una peculiar ONG y la sensación de no tener una vida completa. Cuando Virginia Wonnacott le ofrece trabajo a Ofelia, los mundos de estas dos chicas se juntan. Mediante discusiones, libros de segunda mano, cartas y mensajes de madrugada, Ofelia y Amoke se entrelazan en un viaje para encontrar un futuro que no sabían que existía y descubrir los sentimientos de la una hacia la otra.

En la Feria del Libro de Madrid de este año, tuve la suerte de poder pedir a Andrea Tomé que me recomendase uno de sus libros para comprarme y llevarme firmado. Ya había leído El Valle Oscuro y me fascinó tanto que quería seguir conociendo sus historias. Optó por recomendarme Desayuno en Júpiter y aunque no había podido leerlo hasta ahora, ha terminado por convertirse de una de mis lecturas favoritas de este 2018.

En Desayuno en Júpiter conocemos a dos chicas que son polos totalmente opuestos.
· Por un lado tenemos a Ofelia: charlatana, caótica, impulsiva, imaginativa y generosa. Ha suspendido selectividad, así que no le queda más remedio que pasar un año sabático mientras decide qué quiere hacer con su vida. A la vez que repasa sus apuntes, es voluntaria en Hiraeth, una asociación que se encarga de dar consuelo y compañía a personas que están a punto de morir.
· En el lado contrario encontramos a Amoke: ordenada, responsable, sensata, educada y discreta. Es estudiante de biología y  dedica gran parte de su tiempo a cuidar de su hermano.

Aunque a primera vista no tienen nada en común, sus caminos se cruzan cuando a Ofelia le es asignada como paciente Virginia Wonnacott, que además es su escritora preferida. Tras un primer encuentro fortuito, el destino quiere que ambas sean contratadas como asistentes de la novelista: Ofelia para escribir su autobiografía y Amoke como su secretaria. A partir de entonces, su amistad irá creciendo entre viajes en tranvía, notas manuscritas, canciones con auriculares compartidos y mensajes de madrugada, hasta que poco a poco los sentimientos de las dos se conviertan en algo mucho más fuerte.

Esta trama en presente se entrelaza con la historia del misterioso pasado de Miss Wonnacott, que ella misma va narrando por primera vez en su vida para que Ofelia transcriba cada una de sus palabras. Esta parte me ha recordado a una de mis novelas favoritas: El cuento número trece de Diane Setterfield.
A lo largo de la novela, la autora nos va dejando pistas acerca de los lazos que unen ambas tramas, tan sutiles que quizá podemos pasarlos por alto pensando que son solo detalles para adornar, pero que a medida que avanzamos van cobrando sentido de una manera casi mágica, dando como resultado un puzle en el que todas las piezas encajan perfectamente.

La novela está narrada en primera persona por las dos protagonistas, que se van alternando el turno para poder aportar cada una su propio punto de vista. Gracias a esto, no solo somos testigos de cómo crecen los sentimientos a su alrededor, sino que también las conocemos mejor a ellas y a su entorno.

Todos los personajes, pero en especial las dos protagonistas, son personas rotas, incompletas y tal vez por eso mismo resultan tan reales, porque no aspiran a la perfección, porque cada una tiene su personalidad, su manera de expresarse, sus miedos, sus opiniones y sus deseos, cometen errores, se enfadan con ellas mismas y, sobre todo, sienten.

Con Desayuno en Júpiter me he enamorado un poquito más del modo de escribir de Andrea Tomé, de ese estilo cuidado y dulce que atrapa desde la primera página. Andrea narra con un ritmo pausado, pero no lento; ágil, pero sin correr, para permitirnos paladear cada frase, mientras los personajes se nos van colando dentro casi sin darnos cuenta.

El único detalle que hubiera mejorado la lectura habría sido que en el encabezado de todos los capítulos pusiera el nombre de la narradora. Cuando aparecen una serie de capítulos seguidos narrados por la misma protagonista, solo aparece el nombre en el primero y a veces, a pesar de que las voces se diferencian bastante bien de por sí, al retomarlo en uno de ellos, tenía que volver atrás para recordar quién estaba hablando.

Desayuno en Júpiter es una novela con varias tramas que se entrelazan casi sin que nos demos cuenta, una historia de amor preciosa que va surgiendo a fuego lento y unos personajes de esos de los que es muy difícil despedirse.

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