Los refuerzos se han desviado para combatir los incendios forestales y se han cortado todas las comunicaciones. El jefe del puesto policial de Hope, Bum-seok, y la agente Sung-ae luchan por defender un pueblo de ancianos, mientras que en las montañas, Sung-ki y los lugareños que se han lanzado a la búsqueda de la bestia se ven, por el contrario, acosados por ella. Lo que comienza como ignorancia siembra la semilla del desastre, que se intensifica a través del conflicto humano hasta convertirse en una tragedia de proporciones cósmicas.
En un país de tensión, ansiedad y violencia, lo único que parece seguro es que algo va a ir mal. Incluso en un pueblo modesto la gente común tiene, de alguna manera, preparadas cantidades ingentes de metralletas, balas, misiles y arcos. Esta paranoia resulta ser idónea cuando las calles, inundadas de carteles ordenando que avises a las autoridades en caso de encontrarte con un espía norcoreano, son invadidas por una fuerza arrolladora que arrasa las plazas, mercados y campos y deja detrás suya un rastro de sangre, polvo y vacas. El puerto Hope, situado en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur, se convierte a lo largo de medio día en un cementerio. La destrucción era inevitable y llevaba un tiempo burbujeando bajo la superficie, con unos pocos viendo venir el caos desde el bosque y siendo parcialmente culpables de su explosión. Sin embargo, una vez llega, es evidente que las carreteras y casas no tenían manera de prepararse. Las balas no son suficiente para acabar con unas bestias como las que se han topado con un lugar dejado a su suerte como Hope, hacen falta ingenio y verdaderas agallas.
Igualmente, es fácil fingir que Hope es una metáfora mordaz de ciencia ficción sobre las tensiones políticas entre las dos Coreas. La verdad es que eso está escondido debajo de litros de sangre, kilos de vísceras y la cantidad justa de humor inapropiado. No vas al cine a ver esta película por la crítica social. Vas a ver a Ho-yeon derrapar cuatro veces seguidas un coche de policía que no debería aguantar las velocidades que alcanza mientras grita indecencias a alienígenas de tres metros que, de alguna manera, le tienen miedo. Y ella no es lo único que causa impresión; camionetas son lanzadas decenas de metros en el aire, caballos huyen de los enemigos que corren a velocidades vertiginosas, los efectos especiales se asemejan a un videojuego de FromSoftware de hace diez años y sigues en todo momento a personajes que sobreviven golpes imposibles y presentan cero arcos de desarrollo. Es inconsistente, es excesiva, es cómica, es melodramática, es Alien y Aliens, es Mad Max a la coreana, es Transformers dirigida por Denis Villeneuve, es Avatar con comedia escatológica y, sobre todo, es un delirio que no debería de funcionar bajo ningún concepto. Pero si te dejas llevar, es uno de los ratos más divertidos que vas a encontrar en todo el año. La segunda media hora es una de las secuencias de acción más impresionantes que he podido ver en un cine que yo pueda recordar. Na Hong Jin hace que parezca fácil.
Pero no es la cinta del año, porque se nota que el culmen del espectáculo se alcanza en los primeros sesenta minutos. Es emocionante en un sentido mayúsculo y lo que sigue no es desastroso bajo ningún concepto, pero es verdad que tienes que esperar a que la última escena de acción cambie la marcha y te energice de nuevo para una persecución final. Los conceptos de ciencia ficción no son lo suficiente elevados como para el ingenio que la ambientación y dirección merecen, pero sirven… hasta los últimos cinco minutos. La película dura alrededor de 160 minutos, pero la última escena es un arado del suelo para cultivar una secuela absolutamente penoso. El diálogo es predecible y, como en otros momentos anteriores, la animación te saca completamente. Es lo peor que podría ser: cutre. Un adjetivo que el resto de la cinta, con su imaginación e ingenio, consigue evitar admirablemente. Y, si borraras la última escena, la épica de acción que resulta es mayoritariamente impecable y trepidante. Parte de mí se muere de curiosidad por ver qué hace Jin con una secuela. Este es el proyecto cinematográfico más caro de la historia de Corea del Sur, y en ese país ha sido un buen éxito. Sin embargo, es imposible contar la continuación de este relato y alcanzar una mayor amplitud con CGI de esta calidad. La destreza de cámara, montaje y sonido está ahí y no dudo que continuará, pero no se si quiero verla de verdad. Y es tan loco como cualquier cosa que ocurre en Hope que yo diga que no quiero ver la segunda parte de una de las mejores experiencias del 2026. Pero Na Hong Jin tiene una mente increíble, lo que dudo es que tenga los recursos que merece.


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