En un momento de los potentes 155 minutos de La bola negra de los Javis, cierto personaje habla sobre la necesidad de rascar el suelo para liberar todas las historias de amor que nuestro país español tiene enterradas. Todo lo que no se ha permitido existir durante tanto tiempo por fuerzas mayores que todavía nos acechan merece ser reivindicado, merece ser libre. Las heridas de nuestra Guerra Civil siguen abiertas, y todo lo que hemos perdido causa un dolor mayúsculo. El dolor es tal que la única manera de lidiar con ello es a través de la ficción histórica. Puede recordar en descripción un poco a Tarantino, pero lo que hacen los Javis aquí y la manera en la que conectan las preocupaciones del pasado con las problemáticas del presente con una mirada profundamente romántica es mucho más trascendental.
Hay tanto cine sobre el romance que es difícil creer que queda algo nuevo que decir. Se ha hablado durante más de un siglo sobre las maneras en las que el amor mueve la tierra, el tiempo y la historia. En un género de épicas como Lo que el viento se llevó y Titanic, La bola negra cava un espacio para sí misma en el que destaca por su sensibilidad queer que lidia con cómo entenderse a uno mismo en el contexto de una España que no deja espacio para esa exploración. Guitarricadelafuente debuta en la actuación en el buen papel de un soldado nacionalista por obligación y no por vocación que se enreda en la confusión de lo que siente hacia su prisionero republicano; Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeu). Esta historia está sacada de la gran obra de Alberto Conejero La piedra oscura, inspiración principal de los Javis en esta producción y lectura esencial para entender esta nueva película. Eso está hilado con los tiempos actuales de 2017, donde Alberto (Carlos González) viaja para descubrir cual es exactamente su parte de la herencia de su abuelo fallecido, con el que su madre ausente y narcisista no tiene conexión. La tercera parte de este tríptico toma lugar en 1935 y sigue a Carlos (Milo Quifes), un joven que esconde su homosexualidad sin éxito para que le acepten como trabajador en un casino. Los tres relatos se cuentan de una manera no lineal e interconectada, mientras se completan entre sí.
En cierto modo, el descubrir cómo está todo conectado es un misterio que, si has leído la obra de Conejero o sabes sobre las páginas de Lorca inacabadas del mismo nombre, es muy fácil de descifrar. Me imagino que incluso sin ese conocimiento, cuando llegan los noventa minutos el desenlace de los próximos cincuenta es evidente. Por suerte, la emoción en la que se bañan los bellísimos encuadres, a menudo poéticos y lorquianos en el sentido más literal de la palabra es suficiente para enganchar al espectador más cínico. Mientras avanza la cinta, la sensualidad y el deseo se acumulan hasta no poder más, y la secuencia climática es un mosaico bellísimo y apoteósico, de una euforia absoluta que, si bien no cierra todas las tramas todavía, te conmueve al culminar la emoción y tragedia de lo que se cuenta. Sabes lo que se viene, pero es imposible prepararse. La última media hora de La bola negra es una de las cosas más especiales y potentes que he presenciado en un festival de cine, sino la que más. No me gusta nada ser prematuro ni exagerado, no quiero que parezca que estoy sobrevalorando una experiencia que fue especial por contexto y anticipación y nada más. Si digo esto es porque lo creo: esto es historia del cine español.
La sensibilidad pop de los Javis les hace los directores idóneos para un proyecto de este tamaño. La secuencia extensa que protagoniza Penélope Cruz es la tésis estética de la película: la necesidad de ser libre, de explorar lo que somos en un mundo que no está interesado en ello y, a menudo, canaliza esa energía en agresividad y violencia. La cultura como excusa para expresar de una manera aceptable lo que no lo es en sociedad. Códigos de tradición son a menudo la excusa que tenemos para enseñar quienes somos, y los fascismos son la corrupción y negación de esa, de nuevo, libertad. Cuando nos cerramos, cuando nuestro ambiente nos fuerza o incluso nosotros mismos no aceptamos esa identidad, nos perdemos en el frío de la soledad que vivió Lorca y tantas personas como él. Cuando sea yo libre, La bola negra se estrene en cines y la vean todos, hablaré aún más de ella. Porque de aquí al año que viene vamos a seguir comentandola, lo aseguro.


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