Cuando muere el padre de Helen, una académica de Cambridge, el dolor la lanza a un abismo. En un esfuerzo por procesar su pérdida, se retira del mundo humano para entrenar a un temible azor del norte.
H de Halcón está basada en la novela homónima de Helen Macdonald, quien también coescribe el guion de la película junto a Emma Donoghue.
Es una película poderosa en el mutismo o en las pocas palabras que salen de la boca de Helen, pero también es poderosa en la narrativa, en las imágenes, en lo que quiere transmitir. Helen a veces comprendía a su padre, pero en otros momentos se dejaba llevar por él. Parece no estar unida a su madre Lindsay Duncan o a su hermano Josh Dylan y no encuentra consuelo en sus llamadas preocupadas, visitas o incluso en sus miradas. Curiosamente, da la sensación de que solo logra conectar y mostrarse libre con Denise Gough y Sam Spruell. Con Denise se entiende por ser su gran apoyo en todo momento; con Sam, en cambio, la conexión surge porque le recuerda inevitablemente a su padre y a ese amor compartido por el mundo animal y la cetrería. ¡Qué precioso es el arte de la cetrería y cómo lo muestran en la película! Nunca me imaginé que un azor del norte, sus plumas y las diferentes etapas de su vida con Helen iban a ser de mis partes favoritas de la película. Creo que Mabel pasa por las mismas fases de duelo que Helen, pero en su cabeza de azor, de algún modo. Cambridge se hace pequeño y casi invisible en esta película. Sí, es el telón de fondo y parte esencial de la protagonista, pero se empieza a evaporar conforme avanza la trama G G G G
Soy consciente de que perder a alguien que era tu vida y al que a veces entendías y otras no es horrible y muchas personas siguen en duelo por años y no salen de ese pozo oscuro. Y es que la película adquiere todos los colores oscuros del mundo, del negro pasando por diversos grises para finalizar con un rayo de sol pequeño. Helen saca fuerzas y aunque sigue con los pies en el suelo y el corazón/cabeza en el cielo, ese final me dejó rota y devastada. Sí, me había estado conteniendo lágrimas, con las uñas mordidas pensando que pasaría algo terrible para romperme en mil pedazos. Es bonito ver cómo una simple fotografía tiene el poder de devolvernos a la tierra, de recordarnos que seguimos aquí y que el mundo no se detiene. El miedo a olvidar a quien se ha ido siempre está al acecho: el temor a perder el eco de su voz, el dibujo de sus manías o la luz de su mirada. Sin embargo, la memoria no se borra, se transforma. Y al final, mirar atrás no nos hunde, sino que nos da la fuerza para seguir adelante.

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