Amparo Montejano (Alcázar de San Juan, 1975) estudió Historiografía del Arte en la Universidad Complutense de Madrid y es escritora y poeta. Apasionada por la narrativa corta, ha participado en más de cincuenta antologías y numerosas revistas tanto en España como en Latinoamérica, y ha sido finalista y ganadora de multitud de cerámenes de relatos. Algunos de estos textos se encuentran las colecciones Profanación. Cuentos macabros, Tierra de meigas, Cuentos de miedo, muerte y otros menesteres
Además, Montejano es ganadora del VIII Premio Malas Artes de Novela de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción, del III premio en el Certamen de Novela Corta Pedro Carbonel Castillero de Fantasía y Ciencia Ficción o del I Premio de Poesía en el Certamen Nacional La Buena Letra. Amparo es también cofundadora del fanzine digital Círculo de Lovecraft Además, Montejano es parte del equipo organizador del evento cultural de literatura experimental El Día del Tentáculo.
- Daniela es un personaje fascinante con muchas texturas, lecturas y capas. Al principio no sabemos ni cómo se llama, hasta que ocurre algo en su corta existencia en donde escucharemos, por primera vez, su nombre. En las otras ocasiones a partir de entonces en las que recordaremos cómo se llama, es en presencia de Rana. ¿Por qué algo tan importante como es tener un nombre queda relegado a los momentos en los que Rana hace su acto de presencia? ¿Tenías pensado esto desde el principio? ¿Cómo crees que Daniela hubiese llamado a Rana si le hubiesen dado más tiempo?
Creo
que, en el fondo, es porque Rana hace que Daniela se sienta alguien
por vez primera. Tener un nombre, llamar a alguien por su nombre, es
significarlo; es decir, es darle vida, una identidad. Daniela comenzó
a sentirse verdaderamente viva tras su encuentro con Rana. Mira, hay
un proverbio vasco que dice que todo lo que tiene un nombre existe, y
creo que por ahí va la cosa porque, Rana no solo mira a Daniela,
sino que la reconoce. Por eso, las veces que en la narración se
nomina a Daniela, es justamente cuando aparece Rana. Y no, no era
algo que tuviese pensado desde el principio, entre otras cosas porque
yo no conozco en profundidad la historia que voy a desarrollar; se
podría decir que la voy descubriendo al tiempo que la escribo. Al
respecto de qué nombre le hubiese puesto Daniela a Rana si hubiese
tenido más tiempo, creo que simplemente la habría llamado Amiga.
- ¿Elegiste a Rana por ser una metáfora perfecta para personajes que viven en los márgenes o sufren de doble identidad? Pero también ¿significar lo engañoso de las apariencias?
Elegí una rana porque representa el cambio, la metamorfosis y la fluctuación en grado sumo. Cierto es que la historia de Daniela está narrada como un cuento, un cuento de antaño; en este caso, un cuento de vida en el que aparece una pobre niñita que sufre todo tipo de atropellos hasta que se topa de bruces con lo fantástico. Este matiz es importante porque los grandes cuentistas clásicos, como Perrault o Andersen, lo introducían con una función moralizante, como una advertencia: «¡Cuidado!, porque no todo es lo que parece; tal vez, bajo esa apariencia repulsiva, se oculte un príncipe». Verás, María, esta historia tiene mucho de cuento clásico, pues mi amor por la literatura nació precisamente de los cuentos que me contaban mis abuelos y también mi padre… Toda esa tradición cuentista renace en mí cada vez que creo una nueva historia; de hecho, me siento muy orgullosa de defender el territorio del cuento en España, y más aún si se trata de un cuento de miedo.
- La madre de Daniela es un personaje que parece querer a su manera a su hija y hacerlo lo mejor posible, aunque parece sobrepasada o víctima silenciosa de un marido autoritario, maltratador y con malas pulgas. Hay dos cosas que me llamaron la atención sobre ella: una, que la única muestra de cariño hacia su hija es cuando reciben una llamada telefónica anunciando «una muerte». ¿Temía tanto la muerte de ella o de su hija? ¿Qué hubiese pasado si su hija no hubiese nacido con esta malformación? ¿Se hubiese mostrado más amable con ella?
La madre de Daniela quiere a su hija, de eso estoy segura, pero también estoy segura de que no la quiere bien. Porque querer también es validar, y proteger, y dar amor sin exigir que la otra persona cumpla con tus expectativas. El amor sano de una madre no tiene condiciones ni cláusulas; da lo mismo que tu hijo sea alto, bajo, gordo, delgado, rubio o moreno, porque ese hijo o esa hija es una parte más de tu corazón. Me preguntas si la madre de Daniela la habría querido de otra manera si no hubiese padecido una enfermedad, y te diré que probablemente sí. Creo que le habría resultado más fácil aceptarla y quererla. Pienso que, en cierto modo, descargaba sobre su hija sus propias carencias afectivas y sus frustraciones emocionales.
- Los escenarios del libro son el colegio, la casa y el hospital. Cada uno de ellos más terrorífico que el otro y más claustrofóbico. Lees los pensamientos de Daniela y sientes un nudo en el estómago, y es terrible. ¿Cuál es el lugar que más te costó dar forma (no estabas segura de cómo iba a encajar finalmente con la historia)?
Los tres escenarios me resultaban imprescindibles porque, si te fijas bien, los dos primeros son los dos grandes territorios donde se desarrolla la vida de un niño durante su infancia. El hospital no es sino una consecuencia terrible de un “desfase” en cualesquiera de los otros dos espacios. Como te dije al principio, no tenía muy claro dónde se iba a desarrollar la historia de Daniela, pero esta secuencia escénica me pareció muy acertada, porque un niño que padece acoso y soledad, rara vez iría al parque o a un burguer o a cualquier otro lugar donde otros niños pudieran seguir maltratándolo. Y, si tengo que elegir un escenario por el que siento especial predilección, diría que es el hospital; en concreto, su pasillo, con toda esa evocación que remite a Drácula del gran Stoker.
-Escuchamos la voz de Daniela que habla al lector con crudeza, con desesperación, con terror... pero, al final del libro , pensé: ¿quién invocaba esas palabras?, ¿qué fragmento de Daniela era el que realmente hablaba? En el proceso de dar vida a Daniela y a sus voces, ¿te llegó a turbar la densa penumbra de su voz (o voces)?
Creo que es la propia Daniela quien habla porque, si te fijas, la historia es contada bajo los efectos de la medicación y de los fármacos prescritos para la esquizofrenia que le fue diagnosticada. Creo que ella es quien cuenta su historia sin permitir que ninguna otra voz la interrumpa; por ello, la historia no es lineal, sino que sufre las consecuencias de ir tejiéndose en base a instantes emocionales. De hecho, Daniela no deja de disculparse por ser quién es y por sentir lo que siente. Y sí, mucho, porque Daniela encierra en sí una oscuridad muy dolorosa: la soledad del distinto. Esa sensación me traspasaba. Te confesaré que hubo momentos en los que yo misma debía para de escribir porque se me hacía (como le ocurría a ella) un nudito de dolor en la garganta. Pero así son las historias que consiguen conmovernos: traspasan el papel y transcienden en el tiempo, porque los temas de los que habla Daniela son lacras que la humanidad arrastra desde que nos erigimos como sociedad.
- Llega un momento en que Daniela comprende que los actos de Rana no son altruistas, sino que conllevan un gran precio: se descubre utilizada. Si despojáramos a Rana de ese utilitarismo, ¿en qué posición quedaría Daniela? ¿Podríamos hablar entonces de una amistad genuina o la naturaleza de su vínculo exige este tipo de relación?
Si despojáramos a Rana de esa condición, probablemente dejaría de ser un dios pequeño, porque, al fin y al cabo, en casi todas las relaciones existe algún tipo de intercambio, una forma de simbiosis (en mayor o menor medida). La naturaleza de Rana le exige “exigir” —valga la redundancia— algo a cambio. Pero eso no significa que Rana tenga que ser juzgada como mala; simplemente actúa en conformidad con su naturaleza. Mi abuela siempre me decía que nadie da duros por pesetas, y aunque existen actos de generosidad auténtica, creo que la mayoría de los vínculos humanos se sostienen sobre un delgado equilibrio entre lo que damos y lo que recibimos.
-En el mundo de Daniela, en donde muchas veces las palabras bonitas o dichas desde el corazón se cuentan con los dedos de una mano y a veces son inexistentes, dando paso a la falsedad y crueldad, ¿cómo sería su mundo si se la tratase con respeto y con buenas palabras? ¿Cambiaría algo o siempre estará pendiente del «qué dirán» por cómo es físicamente?
Daniela es una niña, una niña igual que las demás: tiene cabeza, tronco, manos, piernas… y corazón. No hay nada que en ella no sea natural; es más, su enfermedad le vino dada por una malformación genética, por un error en la cadeneta cromosómica que impidió que su cuerpo creciera según nuestros cánones. Y fíjate que te digo “según nuestros cánones”, porque, si su enanismo no fuera un condicionante para el desprecio y la burla, sino todo lo contrario, muchos de nosotros querríamos parecernos a ella. En realidad, si te das cuenta, el verdadero problema de Daniela no proviene de ella, sino del entorno que la rodea y, por ser diferente, la juzga. Si Daniela hubiese nacido y crecido en un mundo donde la diferencia no se castigara ni se ridiculizara, probablemente su vida habría sido muy distinta.
-En un momento del libro se habla de las emociones y de cómo Daniela no sabe casi ni lo que son. ¿Viviríamos en un mundo mejor si tuviésemos clases de psicología emocional?
Sí, sin duda, y esto sí que he de afirmarlo de forma categórica. Deberíamos, desde que empezamos a adquirir uso de razón, ser instruidos en empatía. Ponerse en la piel del otro para saber qué siente y qué piensa me parece una asignatura indispensable y en la que creo, por desgracia, que estamos suspensos como sociedad. Pero cuando hablo de “asignatura” no me refiero a una materia escolar; me refiero a algo tan básico como aprender a comer, a hablar, a andar, a convivir… La educación en valores como seres sintientes, como seres humanos, es fundamental para reconocernos dentro del mundo con una mayor conciencia, agradeciendo simplemente el hecho de estar vivos, valorando lo que tenemos, quiénes somos y a la gente que nos rodea, Eso nos transformaría, segura estoy, en seres divinos.
Gracias, María, por todo.


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