Aunque apenas se conocen, Inés y Guille conectan rápidamente mostrando una complicidad inusual para una primera cita. Pareciera incluso como si el calor sofocante hubiese cesado mientras dormían juntos. Inés quiere que, antes de dormirse, vean juntos el amanecer.
El cuento de una noche de verano empieza siendo un cortometraje íntimo donde dos jóvenes parecen estar conociéndose con pocas palabras, para convertirse en un espejismo de lo que era y tornarse oscuro, con una ambientación opresiva.
La habitación antes luminosa parece volverse más pequeña y hay objetos que sin palabras de por medio, pues no se necesitan, se manifiestan, desnudando una verdad cruda y dolorosa.
Los silencios en esta historia van pesando a cada paso que da a Inés (Olivia Delcán) y dan ganas de abrazarla y decirle que no está sola en ese instante en que la verdad la golpea.
Olivia Delcán con solo sus silencios nos transmiten más que cualquier diálogo o palabra. Ella está espectacular.
Me pasó algo significativo con Nacho Sánchez (Guille) y es que su personaje es tan lobo esperando en la oscuridad y es tan repulsivo que tuve que parar el cortometraje y necesité respirar. Nacho está impecable en su papel; me produjo escalofríos en un momento preciso que me dejó una duda perturbadora en el aire: ¿cuántas víctimas habrán quedado antes de este día?
Me produce una gran tristeza observar a Inés caminar por Madrid sin un rumbo fijo y verla como acude al centro de salud. En este lugar, no logramos escuchar ni una sola palabra de las que ella dice a quien la atiende con atención, ni tampoco podemos conocer la respuesta; me pareció una elección narrativa con mucha fuerza y que nos aleja de su voz. Creo que María Herrera lo hizo así para que reflexionemos como a muchas víctimas no se las escucha, son silenciadas.
Ese Madrid que se perfila como un personaje secundario para mí es un personaje principal y el reflejo de una ciudad que, como otras muchas otras, es cómplice de una sociedad que mira hacia otro lado, carente de empatía y sin ganas de escuchar.
El sueño de una noche de verano te remueve de mil maneras posibles y te golpea directamente el alma. Es un golpe directo donde más duele.

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