29 ene. 2018

Opinión de La historia del zoo dirigida por José Carlos Plaza

Dos extraños se encuentran un domingo por la tarde en Central Park, Nueva York. Peter es un hombre casado que trabaja en una pequeña casa editorial y Jerry es un hombre solitario que acaba de regresar del zoológico. Este encuentro desafiará sus percepciones sobre el amor, el fracaso, y la importancia de conectarse con alguien o algo a cualquier costo. El misterio de lo que sucedió en el zoológico se convierte en un desenlace inesperado.
Obra simple y a la vez muy enigmática, trata de la enorme dificultad de comunicación entre los seres humanos. Solamente hay dos personajes y la obra es en esencia un monólogo que recuerda a la desoladora dramaturgia de Ionesco y Beckett: no se intenta en ningún momento moralizar, como ocurre en general con todo el teatro de Albee. 
Interpretación: Carlos Martínez-Abarca (Jerry) y Javier Ruiz de Alegría (Peter). 
Dirección: José Carlos Plaza.

Peter está leyendo un libro tranquilamente en un banco de Central Park, sin imaginarse que su tarde se va a convertir en un suceso que no podrá olvidar jamás. Él es un hombre responsable, sereno, con una familia de postal y un trabajo que le permite vivir bien. En un momento dado, Jerry aparece en escena buscado el norte (que es probable que lo haya perdido mucho tiempo atrás) y le dice que necesita contarle algo que ha pasado en el zoo, donde ha estado un rato antes.

A partir de ese momento comienza una conversación, que es más bien un monólogo con parte de entrevista, en la que Jerry plantea asuntos tan importantes como el amor, la felicidad o el contacto social, mientras se presenta a sí mismo como una persona atormentada, fruto de una familia no demasiado bien avenida, que malvive en una pensión y tiene una imperiosa necesidad de comunicarse y conectar con otro ser humano.

Dejando de lado el encanto natural que tiene la Sala Lola Membrives del Teatro Lara, la escenografía se limita a un banco de madera normal y corriente, sin nada especial, como los que podemos encontrar en cualquier parque. Por ello la totalidad del peso dramático recae sobre los dos actores, que lo dan todo y más encima del escenario. Para mí, sin duda, lo mejor de La historia del zoo han sido sus actores. Son sublimes. Ambos. Porque aunque el texto es complicado y en ocasiones me resultó un poco denso, ellos consiguen mantener la tensión y la intriga durante la hora y pico que dura la representación, obligando al público a permanecer casi sin parpadear.

Y así terminas, además de con la boca abierta. Al menos yo. Porque cuando se acabó la obra me quedé en plan «¿qué acaba de pasar aquí?». No me lo esperaba para nada. Me sorprendió por completo. Y el desconcierto me ha durado días.

Podéis ver La historia del zoo en la Sala Lola Membrives del Teatro Lara (Madrid) todos los miércoles a las 20:15 hasta el 4 de abril.

—Opinión de Inés Díaz Arriero—

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