El corsario, uno de los grandes títulos de la danza clásica, fue estrenado en París en 1856 donde, inspirados en el poema romántico de Lord Byron The Corsair, el compositor Adolphe Charles Adams y el coreógrafo Joseph Mazilier, con la colaboración del  dramaturgo francés Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges en la elaboración del libreto, pusieron sobre las tablas la primera  versión de esta obra.
La versión que podrá disfrutarse estos días en el Teatro Real será la realizada por Manuel Legris, actual director del Ballet de la Ópera de Viena y uno de los herederos de la escuela francesa donde, en el Palais Garnier y bajo la dirección de Rudolf Nureyev, fue designado étoile de la Opéra national de Paris. Partiendo de la coreografía de Marius Petipa, y de otras posteriores, Legris hace su primera versión de un gran ballet del siglo XIX, cuyo estreno en la capital austríaca la pasada primavera fue recibido con gran entusiasmo por la crítica y la prensa especializada.
De la misma forma que la coreografía original de El corsario ha variado y crecido desde su primer estreno, la partitura original de Adolph Adam se ha transformado con fragmentos añadidos de otros compositores, dependiendo de las versiones y las necesidades específicas de cada nuevo paso. La elegida por Manuel Legris, con arreglos de Igor Zapravdin, será interpretada en directo por la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida en esta ocasión por el maestro ruso Valery Ovsyanikov, reconocida batuta que ha colaborado con grandes compañías del ballet clásico, como el Mariinski, el Royal Ballet o el Ballet de la Ópera de París. En el Teatro Real dejó un extraordinario recuerdo al colocarse al frente de la Gala de las Estrellas del Ballet Ruso, en 2011, con motivo de la celebración del Año Dual España-Rusia.



Tuve el honor de acudir anoche al Teatro Real de Madrid para poder admirar de cerca a uno de los ballets más importantes del mundo, como es el Ballet de la Opera de Viena.
Divido en tres actos con dos pausas, El corsario tiene todo lo que un espectador puede desear.
Destacaré como uno de los puntos fuertes y una de las maravillas: La escenografía.
Todo el mundo destacaba al ballet, que es fascinante y de ensueño, pero diré que sin la escenografía que invita a navegar por mares, islas y palacios, al ballet le faltaría algo, pero la escenografía y el ballet los dos juntos, nos permite soñar con los ojos abiertos.

Al principio del primer acto, nos encontramos ante un barco que ante los ojos del espectador nos parece muy lejano, como sino estuviese en la misma sala donde nos encontramos nosotros, en ese barco está parte del ballet que serán los que nos transmitan la historia.
Lo que os digo puede resultar algo raro u a lo mejor pensáis que no tiene sentido, pero conforme vaya avanzando la obra, os daréis cuenta de como han pensado en todo, de como han jugado con el espacio del escenario, como han creado capas que si se superponen nos muestran el inmenso mar, pero cuando se quitan, son capaces de enseñarnos un precioso palacio...etc

Del primer acto me ha gustado el no saber donde mirar, todos los personajes y todos los miembros del ballet, el corsario, están en una plaza, pero todos son el centro de atención del espectador. Miras a un lado y ves a los niños corriendo, pero miras al otro y está la gente del pueblo comprando y haciendo el día a día, miras a la derecha y ves como el sultán está observando la escena y al otro lado ves a los corsario.
Un primer acto lleno de vida, de alegría, de bailes realizados por todos o casi todos los miembros del ballet.

Si en el primer acto habíamos visto la grandeza del conjunto del Ballet de la Opera de Viena, en este segundo acto, vemos la sutileza, la elegancia, la expresividad de los personajes principales y de los miembros del ballet en solitario.
Es algo digno de ver y de contar como en un solo salto o en el movimiento de las manos, nos emocionamos, nos transmiten mucho más que con una sola palabra.
En este segundo acto, vemos como se desarrollan dos historias de amor, en paralelo, la de dos prisioneras que una de mano del sultán y otra a manos de un corsario, nos van enseñando dos mundos totalmente opuestos pero que tarde o temprano se tendrán que unir para resolver algunos conflictos.

Es en el tercer acto cuando se vuelve a ver a todo el ballet junto, a veces las bailarinas por un lado y los bailarines por otro, y en otras ocasiones a todo el elenco unido, para poner punto final a El corsario.
Hace tiempo que no veía un ballet tan vital, tan soberbio, tan extraordinario, donde la música en directo de la Orquesta Titular del Teatro Real, hizo que la velada fuese perfecta, en todos los sentidos.

Te atrae de El corsario, todo en conjunto, desde los solos, a los bailes en grupo, desde la música en directo, hasta la escenografía pasando por el vestuario. 
Un honor haberme podido perder entre mundos lejanos y personajes de ensueño en el Teatro Real de Madrid.

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