Las intervenciones estadounidenses en países comunistas que tuvieron lugar durante la Guerra Fría son un hecho histórico bien documentado. Sin embargo, estos eventos fueron tan numerosos que se nos olvida, al menos a mí se me olvida, lo catastróficos que fueron en muchos casos. Juventudes esperanzadas globalmente aplastadas por los deseos del viejo imperio estadounidense. Para Chris, el protagonista de un brillante John Malkovich, el viaje a Pascua que emprende con su compañero y amigo Lee, un Sam Rockwell cómicamente eléctrico, son unas vacaciones cortas en medio de la planificación de la CIA del golpe de estado chileno de 1973. Sin embargo, es un cínico hastiado. Ha sido un participante en algunas de las mayores conspiraciones políticas de la historia, incluso si nunca ha sido el hombre que aprieta el gatillo. Por eso es consciente de que, cuanto más envejece, más se convierte en un riesgo para su país por su lengua suelta y temeraria, sin duda empeorada por cómo le falla la memoria cada vez más. Y sabe que su jefe MJ, Steve Buscemi en su máximo esplendor, haría lo que sea para librarse de él. De una manera u otra, este será su último viaje. Así que no le queda otra opción que no sea disfrutarlo.
McDonagh, como hace en Escondidos en Brujas y Siete Psicópatas, tiene una habilidad genial para generar empatía por los peores hombres. Sabe encontrar las partes más afligidas y oscuras de su psique y te las pone en primer plano. Hace que te veas reflejado en los ojos de las personas en las que nunca querrías verte, y eso es un verdadero don que, en Wild Horse Nine, si bien amenaza durante su planteamiento con ser un recalentamiento en microondas de los mejores momentos de Brujas (incluyendo la escena en la que el turista protagonista se niega a adaptarse o critica las costumbres del lugar que visita, a su vez rechazándolas y ofendiendo a los locales), acaba encontrando su propia voz mientras avanza la historia. Una voz que habla sobre los arrepentimientos, la amistad, la mortalidad, la lealtad y la memoria histórica. Resulta en un viaje sorprendentemente conmovedor que usa un humor negro muy afilado no solo para contextualizar a los personajes y la época que habitan, sino también como un cuchillo que los abre en canal emocionalmente cuando es apropiado.
La mencionada comedia es a menudo efectiva y hace una de las películas más entretenidas del año. Los personajes son interesantes y la trama política y de espionaje tiene cierto grado de intriga a la hora de descubrir exactamente cómo encajan las piezas del puzle para entender qué está pasando. Los personajes de Mariana Di Girolamo y Ailin Salas, dos estudiantes chilenas comunistas, sin duda se llevan la peor parte. Y sobre todo Salas se siente que está ahí para mover la trama y nada más. Sirve para el desarrollo de Girolamo, pero no tiene mucho. A lo mejor esa opinión cambia en un revisionado que ya tengo ganas de hacer, porque además esta es una cinta a la que se le puede sacar y analizar mucho. Es de lo mejor de Martin McDonagh.
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