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"La Odisea" en IMAX: otro protagonista de Nolan atormentado por la guerra

Tras la guerra de Troya, el legendario Odiseo emprende el largo y peligroso regreso a su hogar en Ítaca, donde su esposa Penélope y su hijo Telémaco lo esperan desde hace mucho tiempo.


Gael Gamarra Segovia - 27/07/26

Desde siempre, el cine mundial ha estado obsesionado con la guerra y las maneras en las que un conflicto de tal escala no acaba con un ganador, sino con un mundo cambiado para siempre por la violencia del hombre. Christopher Nolan lidió con esto en la cerebral Oppenheimer, una de las películas más comentadas de esta década y de la filmografía de un director que con cada estreno se acerca más a definirse como la voz cinematográfica de esta generación (a pesar de todas las voces que hablan con disidencia sobre su cine). En ese biopic sobre el padre de la bomba atómica, el cineasta británico consiguió sumergir a la audiencia paradójicamente en su guion más personal. Es paradójico porque es imposible que cualquier persona viva que vea la cinta se identifique con el dolor de su protagonista, mientras el visionado funciona como un delirio inmersivo de tres horas que hace a ese mismo espectador sentir el peso que pide la emoción de la historia. Ese acercamiento a Oppenheimer, que equivale la culpabilidad por devastar su matrimonio con la de hacer lo mismo al planeta entero por ingenuidad y descuido, daba a esa historia las dimensiones que rogaba. Y, esta vez, Christopher Nolan nos acerca a la mitología griega.

El concepto de La Odisea hace de esta por definición la película menos original de Nolan. Sin embargo, es la manera en la que este, de nuevo, te atrae al relato homérico y te introduce a su visión, a la vez que da un giro de tuerca a íconos de la cultura occidental como el caballo de Troya, lo que crea una de las cintas más ingeniosas que el director ha hecho. Hay que tener claro antes de entrar al cine que esta es una interpretación muy Hollywoodiense del canto original; las armaduras y el vestuario no son particularmente inventivos, el reparto consiste casi completamente en estrellas reconocibles, y la ambientación roza lo lúgubre. Funciona, dado que esta es una historia con un toque casi postapocalíptico, pero no sorprende la reacción de las audiencias que han pedido una visión más original desde que se pudo ver el primer tráiler. Yo me considero pertenecer a ese campo aunque hay que admitir que es una petición que va más allá de la preferencia personal, porque la experiencia de ver La Odisea es difícilmente otra cosa sino inmersiva, rompedora en su amplitud y a menudo espectacular. Mucho se ha dicho sobre la escala masiva de la producción, probablemente una de las más expansivas de la historia de Hollywood y uno de los pocos ejemplos hoy en día de un producto final que hace buen provecho de su presupuesto de 250 millones de dólares. La tecnología IMAX 70mm que Nolan ha defendido en sus largometrajes desde 2008 con El caballero oscuro está viviendo su momento de mayor auge; este mismo año, a menos que se revele algo sobre algún título que ahora desconocemos, han llegado tres estrenos a las salas en IMAX 70mm (Proyecto Salvación, La Odisea y Dune: Parte Tres; estas dos últimas además grabadas en película). La Odisea marca historia como la primera película grabada completamente en el gran formato, un hito que antes era imposible por el sonido que generan las cámaras al grabar que dificultan la captura de diálogo. Pero incluso más allá del formato IMAX, el tamaño de la aventura es de una envergadura apabullante; la cinematografía, los entornos, los efectos especiales y el diseño de sonido atronador hacen creíbles y grandiosos a los mitos. La decisión de no personificar a los dioses más allá de sus acciones no solo les hace más convincentes como figuras que vuelan encima de la narrativa e interactúan con ella según lo vean necesario, sino que demuestra un entendimiento de lo que la mitología siempre ha sido: una extensión de nuestras problemáticas internas y sociales, las bases de la fábrica que compone a la sociedad. La Odisea trata cómo la batalla y la violencia usan como excusa estos bienes mayores, mutándolos y haciendo peligrar aquello que necesitamos para convivir y sobrevivir en comunidad. Por eso es un acompañamiento muy valioso a Oppenheimer, es otra perspectiva sobre la guerra como apertura al fin del mundo. 

Nolan sigue sin saber escribir personajes femeninos, y es verdad que la mayor parte del reparto es salvado por las actuaciones de sus actores, no por la caracterización en la hoja. Anne Hathaway como Penélope es terriblemente plana, pero ella es una actriz tan talentosa que salva lo que podría ser una pata coja catastrófica. John Leguizamo como Eumeo y Elliot Page como Sinón tienen papeles similarmente pequeños pero aportan profundidad al mundo y mucho color a la historia. Sin actores tan fuertes, quizás esta adaptación de La Odisea se hundiría bajo la despersonalización de cintas como Dunkerque y Tenet. Matt Damon como Odiseo entrega quizás el ápice de su carrera, y hay que destacar un monólogo suyo en el tercer acto que alza a la película a unas alturas que hacen merecer mencionar su nombre junto a las mayores épicas de todos los tiempos. Es muy fácil que una producción con un reparto tan amplio tenga algún punto débil, y hay momentos en los que el estilo teatral no funciona con un Tom Holland que nunca resulta creíble, pero este comparte sus escenas con compañeros de alto calibre como Jon Bernthal, Lupita Nyong'o y Robert Pattinson. Este último es un villano del que es imposible apartar la mirada cuando está en pantalla, en todos sus momentos despreciables y cobardes. 

Algunas reacciones a esta película que la nombran como obra maestra o definitiva de Nolan son, por supuesto, prematuras. Si algo hacen la mayoría de películas del director (con la excepción de El caballero oscuro renace), es envejecer bien. Una épica de tres horas que adapta la historia occidental más fundamental de todos los tiempos, y la hace accesible dentro del blockbuster actual a una audiencia general. Es fácil ver cómo esta cinta podría ser una de las que definen esta década, si solo por los increíbles resultados de taquilla y reacciones de audiencia que acumula sin un parón en el futuro próximo. Aquí estoy, escribiendo sobre ella diez días tras su estreno como si estuviéramos en el fin de semana de apertura. No es que semana y media sea mucho tiempo, pero hoy en día es complicado que una película se mantenga en conversación largo, especialmente en la víspera de una entrega de Spider-man que debería aspirar todo el aire de los cines. Pero esta es una película que perdurará tanto como Oppenheimer estos años, y de cara al futuro. Es el tipo de experiencia de la cual iremos a presumir a nuestros nietos que vivimos en su estreno.  


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