Munir, un escritor árabe exiliado, vive en Hamburgo pero, sumido en la desesperación y el deseo de terminar con su vida, viaja a una remota isla del mar del Norte. Allí conoce a la enigmática Valeska (Hanna Schygulla) y a su rudo pero leal hijo, Karl. Aunque apenas se dirigen la palabra, unos sencillos actos de amabilidad empiezan a superar su desconfianza mutua. La pesada carga de Munir se va aliviando poco a poco y su deseo de vivir se reaviva.
—EN CINES-
Es una película extraña y peculiar, pero al mismo tiempo poética, preciosa y repleta de metáforas que nos invitan a reflexionar sobre el exilio, el desarraigo, el sentirnos extraños en una tierra que no es nuestra; en un lugar en el que no se nos escucha cuando hablamos y no podemos hablar de todo lo que sentimos, pues no se nos entiende, etc.
Nos invita a reflexionar sobre cómo el protagonista, Munir, tiene miedo de perder su inspiración como narrador. Esta inspiración es su madre y al no poder hacer nada por ella, siente que el hilo de lana de oveja que les une se está escapando de sus manos, sin poder hacer nada y esto le tiene sin respiración.
Ameer Fakher Eldin nos regala una película dentro de otra. Una historia dentro de otras.
Una amistad extraña, peculiar y casi silenciosa se va construyendo entre Valeska (Hanna Schygulla) y Munir y estas relaciones atípicas suelen ser las que de algún modo nos hacen replantearnos las cosas o sentirnos vivos.
La isla a la que se escapa o huye el protagonista, en un primer momento, resulta inhóspita, fría y extraña; pero se va convirtiendo en un lugar en el que pasear en silencio y escuchar sus propios latidos, en donde poder volver a reconectar con la parte perdida de uno mismo.
La fotografía de Yunan es preciosa. Incluso siendo una producción casi silenciosa y casi sin diálogos, otorga al espectador la magia de poner voz a lo que ocurre. Me gusta la historia paralela a la de Yunan: esa en la que su madre le cuenta el principio, representando el último refugio de su memoria frágil.
Sabemos pocos detalles de Munir. Solo que escribe, que no puede avanzar, puesto que se ha quedado sin ideas, que está exiliado y que le ocurre algo que le hace perder el aliento; pero nadie sabe lo que es, parece que solo él lo entiende. Esos momentos en los que se queda sin aliento, y en los que no sabemos si ese suspiro será el último, nos mantienen en vilo.
Me gustan las historias silenciosas en las que solo están el protagonista y sus propios pensamientos. Por ejemplo, la primera imagen de la película son los ojos de Munir en primer plano y la última escena es la de él volviendo a la vida con su perro, jugando, pero con una frase terrorífica sobre el no ser recordado. Creo que Munir se replantea muchas cosas: “¿Si muero, quién me recordará?”.
Al final, Yunan no solo nos habla del exilio físico, sino del terror que tenemos a que nos olviden a que nuestra existencia se desvanezca en el silencio, a que no quede nadie que se acuerde de nosotros; recordándonos que, mientras alguien ponga voz a nuestros recuerdos, a nuestras historias, ese hilo de lana nunca llegará a romperse del todo y no moriremos en vano.

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